lunes, 1 de febrero de 2010

CUENTOS CORTOS


Milagro

PECADOS VENIALES Y PECADOS MORTALES


Son las cuatro de la madrugada aquí en Valby, Copenhague.
Arranqué por La Calle Larga buscando a algún ser humano, pidiendo auxilio.
La calle estaba desierta y oscurísima y me perseguían los fantasmas encolerizados de mi padre, mi abuelo, el cura de mi infancia, mi profesora, mi médico de cabecera y el policía de la esquina...
"Confiesa hijo de perra!" me gritaban.
Busqué refugio en el concurrido Café Ciré donde Piérre, el dueño francés, me escondió entre el tumulto de bebedores asiduos, alegres fantasmas y milagreros felices. John F Kennedy y Marilyn se me acercaron para ofrecerme refugio pero fueron interrumpidos por el magnífico fantasma de Sitting Bull quien cantando una letanía indígena me puso su cielo de los espíritus a mi disposición.
El guerrillero chileno Manuel Rodríguez me ofreció refugio en su guarida y Mao en la vieja muralla China.
Pero no tuve tiempo de aceptar sus ofertas ya que un borrachísimo y destartalado pero sonriente Federico García Lorca me puso una mano en mi hombro diciéndome: "Ven conmigo, viejo, ahí de donde vengo no hay fantasmas sino ángeles. nadie se atreverá a perseguirte, ni siquiera los cerdos negros que asesinan a corderitos blancos".
Pero el poeta tuvo que tragarse sus palabras porque justo en ese momento irrumpieron los fantasmas cual jabalíes salvajes y tuve que escapar espantado por la puerta trasera del café.
Ahora estoy oculto en mi casa temblando de terror y de frío y están todos estos seres monstruosos golpeando en mi puerta y en mis ventanas.
Está oscuro y faltan aún cinco horas para que amanezca. Mi teléfono no funciona y los vecinos están de vacaciones.
Me siento terriblemente solo y vulnerable.
Qué será lo que quieren que confiese? Mis pecados han sido todos veniales y si se me olvida algún pecado mortal, será porque jamás los cometí.
"Confiesa hijo de perra!", insisten encolerizados.
Confieso que me avergonzaba de mi padre cuando iba a visitarme al colegio, borracho.
Sin embargo debo también confesar que lo sorprendí varias veces limpiándose las huellas de lápiz labial ajenas apresuradamente en el baño para que mi madre no lo sorprendiera.
Confieso que le robé cinco centavos a mi abuelo mientras dormía la siesta.
Pero confieso también que oculto tras la puerta de la cocina, lo vi amenazando a Marta, la niñera de la casa, para que se acostara con él so pena de perder su humilde trabajo.
Confieso que le mentí al sacerdote en la confesión cuando me hizo la eterna pregunta: "has tenido malos pensamientos o deseos sucios?"
Pero yo confieso que lo vi manoseando a un pequeño niño en la sacristía.
Confieso que le hice trampas a mi profesora en un examen de matemáticas.
Pero yo confieso además que la vi seduciendo a un joven alumno en el gimnasio de mi colegio.
Confieso que me hice el enfermo ante mi médico de cabecera para no tener que ir a clases.
Pero también confieso que el mismo médico intentó violar a mi madre una noche en que
hizo una visita a mi casa porque yo volaba de fiebre.
Confieso que mientras el policía de la esquina me estaba dando la espalda, crucé la calle con luz roja.
Pero debo confesar que una noche oscura como esta lo vi torturando con su pistola de servicio a un pobre e indefenso viejo vagabundo.
Pensé ingenuamente que mis confesiones los calmaría pero me equivoqué.
Ahora están todos estos horribles seres derribando mi puerta, intentando entrar por las ventanas e incendiando el techo de mi humilde casita de madera.
Grito "Mamá!" con todas mis fuerzas y de pronto se produce un silencio divino. Como por arte de milagro la hermosa figura de mi madre aparece en mi dormitorio haciendo desaparecer a los enloquecidos fantasmas.
"No te asustes hijo del alma; es solamente una pesadilla".
Despierto sudando. Ella pone su mano en mi frente constatando que tengo fiebre.
"Estás enfermo. Voy a llamar al médico".
"Mamá, dónde está mi papá?"
"No sé hijo, aún no ha llegado... Tu sabes que siempre regresa muy tarde".
"No llames al médico Mamá! Por favor...!"
Ian Welden
Valby, Copenhague.

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