lunes, 1 de febrero de 2010

CUENTOS CORTOS

Almorzar... y vivir para contarlo.

Ricardo le hizo saber con una seña a Marcos, su chofer, quién lo miraba por el retrovisor, que se detuviera junto a la acera. Bajó del vehículo cuando éste paró su marcha y caminó lo más presuroso que podía, al restaurante que abría sus puertas a la vuelta de la esquina.

Ricardo caminaba con dificultad, porque su cuerpo era poco eficiente, ya que tras años de engullir todo tipo de manjares y solamente agitarse con los resultados de la Bolsa de Valores, a la que debía su buen pasar, se le había formado un rollo en la cintura, impidiéndole caminar sin dificultad al respirar. En otras partes de su robusto organismo, mostraba la redondez de la capa de grasa adquirida con total convencimiento, al masticar y tragar sus bocados preferidos, que gozaba plenamente.

Saludó al portero, quién le sonrió convenientemente, ya que era conocido allí como un buen cliente, un "bon vivant" al cual debían tratar con respeto y hasta devoción, so pena de perder el empleo.

Pero Ricardo no pensaba nunca en esto. Sí lo hacía en cambio, con respecto a lo que almorzaría este día, ya que recordó el magnífico cordero al horno que elaboraban allí, en el "Toison d'Or". Ahora ya sin prisa, se sentó en la mesa predilecta, siempre reservada para su almuerzo y que tenía vista al parque "De la Constitución", justo en donde había una hermosa fuente, ahora inactiva por las restricciones con el vital elemento. Pero en épocas buenas, su chorro principal adquiría formas y colores variados, combinándose con los inferiores, que brotaban alrededor y formaban también, figuras geométricas de gran plasticidad y contraste, con el agua generosa. Quizás el nombre del parque, podría referir a nuestro personaje que era "de constitución robusta".

Pronto se acercó un mozo que lo atendía regularmente, y se inclinó, ofreciéndole el menú.
Ricardo, no podía dejar de pensar en un cordero bañado en aceite de oliva, sazonado con pimienta negra, orégano y ajo finamente picado, al romper el alba.
Muy temprano en la mañana, Louis, el chef picaría bien finito el perejil y rociaría con este verde vegetal, el futuro almuerzo. Tras varias horas de reposo, cumpliendo el ritual de bañarlo con su propio jugo cada sesenta minutos, Louis lo pondría en el horno, seguro de que habría adquirido el sabor característico y ya podía cocinarse. Ricardo amaba esta comida. Pero igualmente, sus redondos ojuelos atisbaron la carta, deteníendose en "Maíz con Hongos".

Ahhh..., Ricardo pensó en el crepitar de la margarina en la sartén, que una vez derretida, se echaría sobre el maíz y se dejaría cocinar por diez minutos, mientras Louis cortaría los hongos en finas lajas, aderezando con pizcas de pimienta y sal, agregándolos a la cocción anterior y dejándolos al fuego por otros diez minutos. Era importante la crema o mantequilla agria, que se agregaría en el momento oportuno, permitiendo que se mezcle bien, un poco antes de retirar del fuego. Él suponía que Louis ya estaba en eso, porque debía retirarse del fuego unos diez minutos antes de servirse y él comenzaría por el vino, que sería un Merlot o un Cabernet Sauvignón de la mejor región y origen, cuidando que la etiqueta mostrara un buen año, aunque Ricardo podía recordar un coñac Napoleón de 1862 que lo estremecía.

Lo había bebido en un viaje a Portugal, en el que también había probado centollas al roquefort, o eran con salsa de cuatro quesos, pero recordaba más el coñac, con aquel cuerpo tan característico. Ahora se decidió por el Cabernet y lo ordenó, mientras leía que el siguiente plato en la lista era el "Puré de Papas con Tocino". Ricardo sabía que lo preparaban pelando las papas y cortándolas en cuadrados grandes, mientras Carlo, el ayudante de Louis, colocaba una olla grande con agua, en el fuego, en la que incorporarían las papas, una vez cortadas.

Al ablandarse las papas, Carlo hacía el puré que luego vertería en una sartén grande, con margarina derretida, dejando cocinar a fuego muy moderado. En ese lapso, picaría finamente el cilantro que sumaría al puré, para finalmente agregar el tocino ya frito en otra sartén, con un "pellizco" de pimienta.

Ricardo, agregó este plato a los otros... su apetito parecía voraz, descomunal a ratos y pensó por un momento, que ya era suficiente. Sin embargo, aún continuó ordenando el "Sofrito de Berenjenas", especial de la casa.

Al pensar en este plato Ricardo imaginó a Louis y Carlo cortando tomates, berenjenas y chile dulce en finas rodajas. Luego pondrían a sofreír con ajo y aceite de oliva, el tomate y el chile en una sartén. Agregarían sal y pimienta y cuando estuvieran bien sofritos, le incorporarían la berenjena, revolviendo bien. Y cuando ésta quedara bien suave, la retirarían del fuego, pues estaría listo para servirse.
--¡Ningún momento mejor que este! --se dijo Ricardo. Poniendo punto final a su orden, se dedicó a probar el vino, hallándolo muy bueno.

Luego de almorzar ordenó un postre "sencillo"--Bavarois de papayas con syrup de frutas -- que deglutió mientras miraba pasar las figuras en el parque de enfrente, figuras que eran personas pero muy indistinguibles y poco memorizables para Ricardo.

Luego de un café para cerrar el almuerzo, pagó la cuenta y salió penosamente del Toison d'Or para buscar un periódico en el quiosco de la plaza, el que compró y pagó, saludando al vendedor porque este era un ritual entre ellos, cumplido por años y ambos hombres habían hasta charlado algo en ocasiones.

Regresó sobre sus pasos tras cruzar la atiborrada avenida, ya que a primeras horas de la tarde recomenzaba el movimiento comercial y todo el mundo estaba en la calle. Pero cruzó sin problemas, luego se acomodó en el asiento trasero de su automóvil y cuando éste partió, abrió el periódico en el que pudo leer un titular: Devastación y hambre en Gualín al que seguían unas fotos de personas heridas y tumulto en aquel país.

--¡Hambre...! --pensó Ricardo --¡Nunca sentí hambre realmente! -- Pero solo recordar algo tan cercano a la comida, le hizo evocar otro postre, por el que casi se había decidido antes, era:
--Flan de coco en dos texturas con miel de palma --

--¡Qué delicia! --, exclamó y expiró, mientras un chofer llamado Marcos, tarareando entre dientes una vieja canción de cuna, conducía rumbo al poniente un auto grande, con un corpulento cadáver a bordo...


EduardoLeira dijo el 16/01/10
Final Alternativo:

--¡Hambre...! --pensó Ricardo --¡Nunca sentí hambre realmente! -- Pero solo recordar algo tan cercano a la comida, le hizo evocar otro postre, por el que casi se había decidido antes y era:
--Flan de coco en dos texturas con miel de palma --
--¡Qué delicia! --, exclamó y se durmió. En la ciudad impía, un chofer llamado Marcos conducía un auto grande rumbo al poniente, tarareando entre dientes, una vieja canción de cuna. Ocupando el asiento trasero, un hombre gordo dormido, soñaba que cocinaba deliciosos manjares y los probaba todos...

Este final alternativo en 17/01/10

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