martes, 5 de octubre de 2010

RELATOS Y LEYENDAS

CAMPOS DE TRIGO

El segador rítmicamente cortaba los tallos, acopiando el grano del áureo alimento.
Había empuñado la hoz y sencillamente, se introdujo en el mar de trigo.
Su brazo ya perfectamente adaptado al trabajo, sin pausa y sin flaquear, ejecutaba la tarea que dignifica, que provee: segar y formar las gavillas.
No lograba recordar de dónde vino ni cuando había comenzado. Desde el cielo, un océano de luz lo atenazaba y a ratos le parecía que al final del campo, debería continuar allá arriba, segando siempre, una eternidad de hoz, de esfuerzo, de sudor y de secreto diálogo con el Creador, que tal vez preparaba el músculo de su brazo para tallar universos.
Casi siempre pensaba que estaba predestinado a cosechar, a reducir las olas del mar de trigo, cortando sus espumosas crestas. Por eso, su perfil encajaba totalmente con el paisaje, cualquiera fuera su posición, estaba integrado a todo su entorno. Sin embargo, el sol implacable de la campiña francesa, que arrancaba ocasionales destellos a su filosa garra de obrero, le hizo sentir el calor.
Detuvo la tarea y se pasó lentamente el dorso de la mano por la frente para secar una gota rebelde... entonces fantaseó que acaso su destino no sería cortar y cortar hasta terminar con el dorado mar, sino que tal vez, él era alguien más... quizás tuviera que marcharse perentoriamente a realizar aquello para lo que estaba predestinado y ahora estaría descuidado por su ausencia.
Se sobresaltó y continuó su trabajo de inmediato, no fueran a sospechar que tenía pensamientos poco consecuentes. Pero le quedaba una razonable duda... ¿y si no fuera la hoz el instrumento que debería empuñar hasta el final de sus días? Se miró y tocó con su mano hinchada por el esfuerzo, el sombrero de paja sobre su cabeza. Sintió apenas sus cabellos cortos y tan dorados con matices naranjas como el trigal que lo rodeaba. Llevaba una camisa de lino y un pantalón jardinero y calzaba unos zapatos de cuero bien clavados, con cordones, fuertes, rudos, muy adecuados para la tarea de segar un campo de trigo.
Sin embargo, ahora sentía algo diferente. No podía dejar de admirar los colores cambiantes, fuertemente afectados por la luz de arriba, la misma que le obligaba a transpirar y poniendo matices en todo aquello que miraba, le hacía sentir como si fueran sus ojos, los pinceles que trazaban el paisaje.
¿Y si él fuera un pintor? ¡Ah, si fuera un pintor les haría conocer a todos como se veía un campo de trigo bajo el sol implacable del mediodía francés! ¡Él mismo se ubicaría allí, sobre la tela, segando sin prisa, sin pausa, en una eterna tarea! Tal vez así, mediante aquella especie de acto mágico, el trigo alcanzaría para alimentar al mundo.
Entonces Vincent, que así se llamaba el segador, encomendando la hoz a manos de su homónimo ya pintado, se aproximó al marco y salió... para encontrarse consigo mismo en el acto de pintar un segador cosechando un campo de trigo.
Por Eduardo Leira

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