El jardín de las Hespérides
Mostrando entradas con la etiqueta relatos y leyendas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos y leyendas. Mostrar todas las entradas
sábado, 12 de marzo de 2011
RELATOS Y LEYENDAS
El jardín de las Hespérides
Algunos llaman a las Hespérides, hijas de la noche, hija de Atlante y de Hespéride, hija de Héspero. Eran tres doncellas que cultivaban el canto, al parecer.
Hoy día no se sabe bien la ubicación del legendario jardín de las Hespérides, podía estar en las montañas de Arcadia, en la cordillera de Atlas en Marruecos, o en otro lugar. Los escasos documentos relatan que era propiedad de la Diosa Era, la misma que causó tanto daño a Herakles (Hércules). Allí había un árbol cuyo fruto eran manzanas de oro, que se decía proporcionaban la inmortalidad.
Según la mitología, el árbol se lo había regalado la diosa Gea, la Tierra, para Hera en su boda. Hera lo plantó en un jardín y responsabilizó a las tres ninfas Hesperetusta, Egle y Eritia, para su cuidado. Poco a poco el jardín se volvió muy apreciado para su dueña Hera, la que no confió en las Hespérides para su cuidado y puso como custodia al dragón de cien cabezas Landó, que enroscó su cola en el tronco del árbol, y jamás dormía.
Zeus, tras dejar embarazada a Alcmena madre de Herakles, proclamó que el próximo hijo nacido en la casa de Perseo se convertiría en rey. Al oír esto Hera, la esposa de Zeus, hizo que Euristeo naciera dos meses antes, pues pertenecía a la casa de Perseo, al igual que Herakles, a quien hizo nacer con tres meses de atraso. Cuando Zeus advirtió lo que había sucedido montó en cólera, pero no obstante, su imprudente proclama siguió en pie.
Más adelante, en un ataque de locura provocado por Hera, Herakles mató a sus propios hijos y a dos de sus sobrinos con sus propias manos. Cuando recuperó la cordura y advirtió lo que había hecho se aisló del mundo, marchándose a vivir solo a las tierras salvajes. Fue hallado por su hermano Ificles y convencido de que visitase el oráculo de Delfos. En penitencia por esta execrable acción, la sibila délfica le dijo que tenía que llevar a cabo una serie de doce trabajos que dispusiera Euristeo, el hombre que había usurpado su legítimo derecho a la corona y a quien más odiaba.
Euristeo lo condenó a realizar doce trabajos muy arriesgados o complejos, como limpiar el establo de Augías o matar al León de Nemea. El número once era robar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, todo lo cual puede tener diversas interpretaciones, ya que esta leyenda se reconstruye a partir de varios fragmentos y ésta dice que después de mucho andar Herakles se encontró con Atlas, el titán encargado de sostener los cielos sobre sus espaldas y éste le dijo que sabía donde se encontraba el jardín de las Hespérides, que le traería las manzanas si él sostenía su carga, los cielos. Así, el héroe Herakles tomó el lugar de Atlas.
Atlas pudo matar a Landó, pero la sangre que salía de sus heridas se transformaba en un árbol-dragón con el tronco grueso, desde donde salían ramas retorcidas, recordando las cien cabezas de Landó.
Cuando Atlas regresó con las manzanas, le dijo a Herakles que él mismo llevaría las manzanas, que se quedara cargando los cielos un poco más, con la evidente intención de abandonar al héroe en esa tesitura. Herakles, que además de forzudo era inteligente, le pidió entonces a Atlas que sostuviera a los cielos tan sólo un momento para ponerse la capa... Atlas retomó su carga y así fue engañado por el mítico héroe, que pudo marcharse con las manzanas de oro, fueran lo que en realidad fueran.
Herakles se marchó con las manzanas y fue el único que logró obtenerlas, aunque él no fue quién las tomó de sus dueños originales. Pero quedó libre para emprender la hazaña con la que finalizaría esta serie de aventuras.
Versión de Eduardo Leira
Etiquetas:
16,
relatos y leyendas
martes, 5 de octubre de 2010
RELATOS Y LEYENDAS
INOCENCIA
Ian Welden
Fotografía de Maritza Álvarez
En una ciudad donde las casas multicolores cuelgan de las montañas cual adornos de árbolde navidad y los barcos de todo el mundo llegan a descansar, nació la bella Inocencia.
La ciudad se llama Valparaíso y queda en un país llamado Chile, ahí donde termina el mundo. Donde
vuelan aves gigantes llamadas cóndores y donde la naturaleza un día enloqueció y mezcló desiertos
ancestrales con valles verdes alucinantes, mares testarudos y cordilleras solitarias, vientos impertinentes
y hielos que se estiran hasta caerse del planeta.
Al nacer, su padre y su madre se dieron cuenta de que habían recibido una niñita muy especial. No sólo
era bella como una piedra de luna, sino también inteligente y emprendedora. Y con una sonrisa tan graciosa
que todos los güagüitos de Valparaíso se enamoraban de ella.
Su padre trabajaba cargando y descargando pesadísimas cajas en el puerto. Los barcos de
la China traían té y hierbas dulces y fragantes. Los de África llegaban con diamantes y los de Madagascar
traían telas bordadas con oro y plata que los políticos y pijes chilenos compraban para sus esposas.
Valparaíso enviaba toneladas de cobre al resto del mundo, vinos exóticos y frutas dulces y olorosas a lejanos
reinos misteriosos.
La madre de Inocencia, Consuelo, se ganaba unas monedas haciendo vestidos y lavando ropa. Ella subía y bajaba
las empinadas y eternas escalas que unían a todos los cerros de la ciudad, las cimas y el mar, acarreando las compras
y visitando a sus comadres.
En el patio de la casita de madera y adobe había un gallinero con gallinas ponedoras y gallos que se sacaban
las crestas a picotazos.
Cuando Inocencia cumplió cuatros años de edad, ayudaba su madre a degollar gallinas, desplumarlas y
hacer cazuela de aves con papas y arroz para los cumpleaños. Inocencia se escondía en el baño a llorar
por las gallinas y su destino, y enterraba los restos en la tierra y lea ponía pequeñas cruces de palo.
Inocencia comenzó a ir al colegio a los cinco años de edad. Su padre le regaló un bolsón de cuero olorocito a
novedad. Era su orgullo. Era además el único bolsón de cuero de verdad. Los otros niños llevaban mochilas de tela y
plástico, de colores chillantes y con letras y dibujos extranjeros. Algunos llevaban bolsas de género, sucias, y a Inocencia
le daba pena.
Le gustaba ir al colegio y era buena alumna. Pero le gustaba más ir al puerto a mirar los buques de países tan extraños.
China, India, Dinamarca... Y las tripulaciones multicolores, amarillos como el azafrán, oscuros como el té, blancos como el
papel. Y se acercaba su padre, color té con leche, sudando y cansado, y la levantaba de la cintura y le daba un besito en
la frente.
Vagaba alucinada por la ciudad. Subía y bajaba a saltitos los cientosesentaydos peldaños de la magistral Escala Cienfuegos,
mas larga que el muro de china, pensaba. Y en cada escalón se detenía unos segundos para intentar descifrar el fenómeno
de la cercanía y la distancia. Mientras mas alto trepaba, mas pequeña se veía la La Iglesia de San Francisco. Porqué sería?
Los domingos después de misa, se iba a la ciudad sola. Disfrutaba de su propia compañía. Entraba a un mundo mágico donde la vida y
los objetos podían manipularse a gusto. Caminaba incansablemente por los cuarentaycinco cerros y cerras de Valparaiso y aprendía
sus nombres de memoria, y divagaba como en un sueño surrealista: "Cerra la Cruz, hembra dócil y amable. Víctima de la fechoria de
las crucifixiones la pobrecita". "Cerro Lechero, macho sonriente, vacas y toros deambulan rumiando tranquilamente, vacas regalando
leche tibia a los seres humanos". "Cerro Cárcel, híbrido, no quiero ver, no quiero mirar! debo seguir caminando..." "Cerra Alegre, hembrita
pequeña como yo..." Y jugaba con la Cerra Alegre y volaba con el Cerro Mariposas.
En los muros de los recovecos de la ciudad encontró una inscripción misteriosa: "se pelan bebés". Inmediatamente sacó su tarrito
de pintura celeste y escribió "también se beben pelas". En otro muro decía "la fuente de la imaginación es la locura". A lo que ella
agregó "y yo me lavo los pies en la fuente".
Inocencia iba a pasear por las playas, mirar a los pescadores. Se sorprendía ante la inscripción "limpiada de pescados es a conciencia
suya...". La econtraba tan enigmática pero no se atrevía a escribir su respuesta inmediata ("y su conciencia es un pescado limpio"). Iba
revisando a las pobres bestias marinas expuestas al calor y al oxígeno. Peces verdes de estómagos blancos, peces rosados de estómagos
marrones y agallas como alitas lisiadas, peces azúles cuyas escamas brillaban como diamantes viejos y opacos. Y todos con sus ojos
y bocas abiertos, todos agonizando así como había agonizando su abuelo, el Tata. O como soldados que se han rendido a la muerte y
a la guerra.
A veces lograba hacer maniobras ilícitas y se subía a los ascensores mágicos, carritos de fierros asmáticos que se quejaban de dolor de
espalda. Desde ahí podía ver a la ciudad haciéndose chica, grande, chica... grande... hasta que caía en un sopor agradable, y finalmente
se dormía.
Entonces algún tío o padrino o vecina la tomaba en brazos y subía con ella cien peldaños y la depositaba sana y salva en manos de sus padres.
Y las gallinas hacían sus cló-cló-cloes y los gallos sus ki-kiri-kies y la mano dulce de la noche cubría a Valparaiso.
E Inocencia soñaba con la resurección de todas las gallinas y gallos que había degollado.
Ian Welden
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REV Nº 15
RELATOS Y LEYENDAS
CAMPOS DE TRIGO
El segador rítmicamente cortaba los tallos, acopiando el grano del áureo alimento.
Había empuñado la hoz y sencillamente, se introdujo en el mar de trigo.
Su brazo ya perfectamente adaptado al trabajo, sin pausa y sin flaquear, ejecutaba la tarea que dignifica, que provee: segar y formar las gavillas.
No lograba recordar de dónde vino ni cuando había comenzado. Desde el cielo, un océano de luz lo atenazaba y a ratos le parecía que al final del campo, debería continuar allá arriba, segando siempre, una eternidad de hoz, de esfuerzo, de sudor y de secreto diálogo con el Creador, que tal vez preparaba el músculo de su brazo para tallar universos.
Casi siempre pensaba que estaba predestinado a cosechar, a reducir las olas del mar de trigo, cortando sus espumosas crestas. Por eso, su perfil encajaba totalmente con el paisaje, cualquiera fuera su posición, estaba integrado a todo su entorno. Sin embargo, el sol implacable de la campiña francesa, que arrancaba ocasionales destellos a su filosa garra de obrero, le hizo sentir el calor.
Detuvo la tarea y se pasó lentamente el dorso de la mano por la frente para secar una gota rebelde... entonces fantaseó que acaso su destino no sería cortar y cortar hasta terminar con el dorado mar, sino que tal vez, él era alguien más... quizás tuviera que marcharse perentoriamente a realizar aquello para lo que estaba predestinado y ahora estaría descuidado por su ausencia.
Se sobresaltó y continuó su trabajo de inmediato, no fueran a sospechar que tenía pensamientos poco consecuentes. Pero le quedaba una razonable duda... ¿y si no fuera la hoz el instrumento que debería empuñar hasta el final de sus días? Se miró y tocó con su mano hinchada por el esfuerzo, el sombrero de paja sobre su cabeza. Sintió apenas sus cabellos cortos y tan dorados con matices naranjas como el trigal que lo rodeaba. Llevaba una camisa de lino y un pantalón jardinero y calzaba unos zapatos de cuero bien clavados, con cordones, fuertes, rudos, muy adecuados para la tarea de segar un campo de trigo.
Sin embargo, ahora sentía algo diferente. No podía dejar de admirar los colores cambiantes, fuertemente afectados por la luz de arriba, la misma que le obligaba a transpirar y poniendo matices en todo aquello que miraba, le hacía sentir como si fueran sus ojos, los pinceles que trazaban el paisaje.
¿Y si él fuera un pintor? ¡Ah, si fuera un pintor les haría conocer a todos como se veía un campo de trigo bajo el sol implacable del mediodía francés! ¡Él mismo se ubicaría allí, sobre la tela, segando sin prisa, sin pausa, en una eterna tarea! Tal vez así, mediante aquella especie de acto mágico, el trigo alcanzaría para alimentar al mundo.
Entonces Vincent, que así se llamaba el segador, encomendando la hoz a manos de su homónimo ya pintado, se aproximó al marco y salió... para encontrarse consigo mismo en el acto de pintar un segador cosechando un campo de trigo.
Por Eduardo Leira
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REV Nº 15
viernes, 30 de julio de 2010
RELATOS Y LEYENDAS
Domo y Lituche: Creación del Mundo Mapuche
Hace una infinidad de lluvias, en el mundo no había más que un Espíritu que habitaba el cielo.
Solo en la inmensidad decidió un día crear la vida.
Para ello, primero abrió los ojos y de sus brazos hizo nacer una criatura vivaz e imaginativa, a la que llamó Lituche, que significa “hombre del comienzo”.
Entonces quiso enviarlo en seguida a la tierra, pero lo lanzó con tanta fuerza que se golpeó contra el suelo. Al escuchar sus lamentos su madre abrió una ventana en el cielo para mirarlo.
Ella es Kvyen, la luna y desde entonces vigila el sueño de los hombres. Ngnechen también quiso saber lo que acontecía y para observarlo abrió una ventana, Antv, el sol, que da luz y calor a los seres vivos.
Desde la tierra, Lituche clamó al cielo: Padre ¿por qué he de estar sólo?
En realidad, necesita una compañera – pensó Ngnechen- y tomando una estrella modeló a Domo, la mujer.
Luego con gran delicadeza la dejo caer sobre la tierra. Domo comenzó a caminar y para que no se dañara los pies, Ngnechen, hizo crecer a su paso la hierba y las flores.
Y de su boca nacieron insectos, pájaros y mariposas. Así fue como Domo llevó a Lituche el armonioso sonido de la naturaleza.
Se miraron con gran curiosidad y comprendieron que juntos llenarían la tierra.
Los hijos de Domo y Lituche, los mapuche, se multiplicaron y aprendieron que los frutos del Pewen eran su mejor alimento. De él sacaron harina y cocieron su pan en las cenizas.
Domo corto la lana de una oveja, la hiló y la tiñó con raíces vegetales. Después la tejió en un telar de cuatro palos , al que llamó witral.
Mientras Domo y Lituche construían su hogar, la ruca, el cielo se pobló de nuevos espíritus, los Cherrufes, muy temidos por la comunidad. Y aún hoy, se respeta la naturaleza y mira al wenumapu, el cielo, buscando la protección de su creador, Chau Ngnechen. MITOS MAPUCHES
José Purralef
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REV Nº 14
RELATOS Y LEYENDAS
EL GUERRILLA
Hacia fines del siglo XIX, solía bajar de los Montes Pirineos un personaje que parecía salido de una pesadilla, digno de compartir su existencia con el Hombre de Cromagnon. Vivía en esas montañas; era aguerrido cazador de osos pardos que, por entonces, poblaban el infinito laberinto montañoso.
Doña Leocadia, de la villa de Teruel, luego de casarse vivió en Huesca, por aquel tiempo, modesta población donde vivió por algunos años con su familia. Allí, por mentas, supo de la existencia del primitivo, tosco y temible ser. Su bravura era la admiración de los vecinos y el temor que inspiraba (y un hedor mezcla de hombre y fiera) lo alejaban del trato que merecía como ser humano. Su porte era enorme en estatura y en robustez. Su andar bamboleante, propio de cualquier montañés, su aspecto estereotipado hasta llegar a ser aparatoso y grotesco. Su oficio de cazador de osos, había forjado muchos aspectos de su fisonomía y personalidad. Era como si para poder cazarlos, antes, debiera haberse comprometido a ser un rival digno de quitarles la vida.
¿Fusil? ¿Magnum?.. ¡Ay… las cosas del hombrecillo de hoy, que para derribar un árbol, necesita una motosierra! El Guerrilla salía a buscar su presa con una daga de acero toledano en el ancho cinto de suela de un palmo, casi una faja, que ceñía el centro de su tremenda humanidad. Seguía el rastro de su presa por varias jornadas. Por momentos, la presa era él. Era consciente de ello. Necesitaba hacerse oler por el fino olfato de su rival, para tenerlo cautivo en el área elegida para la contienda. En una dramática e increíble aventura de vida o muerte, ambos, oso y Guerrilla llegaban a conocerse y desearse lo suficiente. Con su aspecto aguerrido, creo que el oso llegaba a ver en él a un rival, más que un cazador.
Así era el Guerrilla. Los cazadores de hoy, con miras láser y armas poderosísimas y refinadas, tal vez puedan menospreciarle por su daga. Ningún oso confundiría un cazador actual con un rival. Muy de lejos distinguirían el brillo de sus armas, anteojos y relojes, el sulfuroso olor de la pólvora y los repulsivos perfumes de sus jabones y “desodorantes”.
El Guerrilla era él, su abrigo de piel de oso con su fuerte olor a salvaje y su inodora daga, bien oculta pero siempre dispuesta al reflejo prensil de su enorme mano siniestra. Cuando el encuentro final se producía, el Guerrilla lo enfrentaba decidida y aparatosamente, provocando al oso a tomar su posición bípeda, muy habitual del oso en ataque. Antes que el animal pusiera sobre él sus temibles garras, una garra humana se aferraba en la empuñadura de ébano con virola de alpaca de la daga que, veloz como una centella, enterraba en el vientre del oso. En semejante situación todavía, el tremendo cazador, quitaba y hendía varias veces por la misma herida en diversas direcciones para lograr una hemorragia más eficaz, sin dañar la piel más que lo necesario. Del precio de su venta dependía su subsistencia.
Un día, al subir la montaña, luego de mucho andar, llegó a ver que en una madriguera de lobos, faltaba la loba y dos lobitos estaban solitos en la nieve, sufriendo frío y desamparo. Luego de pasados dos días, ya de regreso con una enorme piel a cuestas, al pasar por la madriguera volvió a notar la ausencia de la loba, por lo que dedujo que ellos estarían huérfanos. Sin pensarlo, los cargó dentro de la piel de oso y, pasando por lo de doña Leocadia, sabiendo que allí habían dos niños, los dejó dentro del cerco, para que los niños al descubrirlos los adoptaran y cuidaran. Él sabía que, una vez crecidos, los cachorritos buscarían por instinto volver a su hábitat montañoso.
Así fue. Los niños los metieron en la casa, los abrigaron cerca del fuego y le pidieron a mamá Leocadia, algo de leche para que se alimentaran.
“Pero… ¡qué es esto!.. ¡qué es esto! ¿Es que os habéis vuelto locos? ¡Cáspita! ¡Sacad fuera estos lobicos, que la madre los ha de estar buscando!..”
Los niños obedecieron e inmediatamente pusieron ambos lobitos fuera de la casa, mientras nevaba. Cerraron la puerta y corrieron a la ventana para ver qué sucedía… en el preciso instante en que la celosa loba, los venía rastreando. Ella, delicadamente, con sus cabecitas entre sus dientes, los alzó y sin más, se perdió al trotecito por La Costanilla del Suspiro, rumbo a la montaña.
Doña Leocadia fue regañada por sus niños que, desde el principio, se habían encariñado con los cachorros. El mayor se atrevió a preguntarle cómo sabía que tenían madre.
“Pues… ¡Caramba! ¡Es que también madre soy! ¿Es que no vieron lo gordicos que estaban?.. ¡Caramba!..
¡Buen regalico el del Guerrilla este!..”.
El menor de los niños, José Joaquín Gracia,
fue mi padre unos veinte años después.
A él dedico este texto a modo de homenaje.
Nota del autor:
Regionalismos empleados de la zona de Galicia y Aragón, España:
"Regalico", en Aragón, es "regalito" para algunos, "regalillo" para otros o como se dice en la zona de Galicia, "regaliño".
"Regalico", en Aragón, es "regalito" para algunos, "regalillo" para otros o como se dice en la zona de Galicia, "regaliño".
Gordico: diminutivo de gordo.
Escribe Eduardo Néstor Gracia
móvil:2266539445/E-mail: edugracia2000@yahoo.com
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REV Nº 14
domingo, 30 de mayo de 2010
RELATOS Y LEYENDAS...
LOS GUARDAPARQUES
Cuentan que cuando sus contertulios visitaron a Yepito, que estaba enfermo terminal a causa del abuso del tabaco, que no sacaba de su boca, desde las horas del alba hasta las del anochecer, exhalando un humo oloroso y denso que iba directamente a sus pulmones, provocándole un daño irreparable que finalmente le causaría la muerte, los asistentes le pidieron que volviera a contarles la vieja anécdota de cuando habló con Tío Tigre en persona.
La cosa fue así, dijo Juan Yepito- Hace ya muchos años cuando yo era el mejor cazador de tigres, imagínese que en una ocasión maté a los tres tristes tigres que tragaban trigo en tres tristes trastos con un solo cartucho de mi escopeta fui contratado, en esas calendas, para matar al tigre malibú, el de la pinta menudita, que estaba cebado en los hatos de los predios colindantes con lo que hoy es la Reserva de Flora y Fauna de los Colorados. Los dueños del ganado, que eran muchos, me ofrecieron todos los cartuchos que quisiera con el propósito de que aligerara mi encomienda, les dije que sólo necesita tres, pero con la condición de que estuvieran rezados por un buen rezandero, para no perder pólvora en gallinazos-
-Busca el rezandero que quieras, dijeron ellos, nosotros sólo queremos acabar con ese tigre malvado que mata a nuestras reses. Le solicité los servicios a mi primo Lencho que era tan buen rezandero como yo cazador de tigres. Él me rezó los cartuchos, pero me dijo que ninguno de ellos serviría para cazar al tigre malibú, que por eso no me cobraba nada, para que no dijera después que aquí las puse y no las encontré. – No sabes con quien estás hablando Lencho, le dije, yo soy de los que donde ponen el ojo ponen el plomo – Sí sé con quién hablo, dijo mi primo, lo que pasa es que el tigre malibú no es tigre, y no me preguntes más, porque hasta aquí llegamos.
Yo salí bien temprano con mi escopeta cargada y mi perrita “Peor es Na” que recordaba la “sarna perrosa” de Carrasquilla. No eran las tres de la mañana cuando ya estaba apostado en el lugar adecuado para darle caza al fiero animal. Experimenté gran sorpresa y algo de susto cuando oí una conversación, donde para mis cálculos, no debería haber persona alguna. Afiné el oído, y mi susto aumento cuando descubrí al tigre malibú con su pareja y sus cachorros intrincados en una conversación familiar:
El tigre, decía: Óiganme mujer y mis dos cachorritos, yo nunca he querido hacer daño a nadie, pero estoy en la obligación de traer comida para todos ustedes y me veo en la penosa necesidad de matar vacas y terneros; a mí me duele más que a ellos, pero los hombres han invadido mis terrenos y no me dejan cazar a los animales montaraces que siempre me han servido como alimento. Es una ley de Dios que cada animal obtenga su sustento y que se lo procure sin perjudicar a las otras especies, pero el hombre ha olvidado todas las leyes divinas y tiene, como dijo el Lobo de Gubbio, mala levadura, y “empecé a ver en todas las casa la Envidia, la Saña, la Ira”. Papá, dijo uno de las cachorros, si es necesario para que tú no mates que nos volvamos herbívoros lo haremos. El tigre, su mujer y los dos cachorritos se pusieron a llorar copiosamente mientras el viejo tigre decía, miren mis hijitos que hasta mi voz, para ustedes apacible y meliflua, la tengo que engrosar hasta hacerla amenazadora para atemorizar al hombre que es perverso sin medidas.
Fue entonces cuando me atreví a decir, oye tigre yo soy Juan Yepito, el cazador de tigres, que te quería matar.- Habla Yepito, que yo desde hace rato te estoy columbrando, esperando para saber qué haces por aquí tan temprano.
Juan Yepito dijo- Vine a matarte, pero ahora que escuché tus razones, te prometo que nunca más daré caza a uno de tu especie, inclusive Tío Tigre, voy a proponerle a los hombres que formen escuadrones de cuidanderos del bosque para que tú y los demás animales tengan seguridad en estos parajes que admito que les pertenecen. Fue así como hablé con Tío Tigre y como le propuse a las autoridades la creación de los “Guardaparques de la Reserva de Flora y Fauna de los Colorados”.
Tío Tigre me dijo: Yepito, te agradezco tus buenas intenciones, pero son muy pocos los hombres que piensan de ese modo-; y yo le dije: - Ya verás, ya verás.
Reinaldo Bustillo Cuevas
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REV Nº 13
lunes, 29 de marzo de 2010
LEYENDAS
La Rana y el Feng Shui
El Feng Shui, como otros rituales más conocidos para obtener el favor de nuestro planeta o una verdadera armonía con éste, se está haciendo conocido desde hace algunos años también en occidente. Como cualquier disciplina que incorpora rituales y una sofisticada cantidad de símbolos, causa asombro a quienes nos asomamos a su elaborada mística, pero no debería ser así ya que es también un tema milenario, que como otros ha estado creciendo y transmitiéndose a través de los siglos. Ha incorporado gran cantidad de símbolos y les ha otorgado un significado práctico, tal como el Dragón, el Tigre, el Fénix y también la Tortuga, pero son muchos más.
Una de ellas nos cuenta que la esposa de uno de los Ocho Inmortales fue convertida en rana de tres patas como castigo a su avaricia: por eso mismo está siempre con una moneda en la boca. Chan Chu sale todas las noches a recolectar monedas, por lo cual se la puede ubicar cerca de la puerta, mirando hacia dentro o hacia fuera pero siempre en diagonal y nunca directamente enfrentada a la misma (porque en este último caso saldrá de la casa y ya no volverá). Deben colocarse en el suelo, dentro o fuera de la casa, pero no en muebles altos pues entonces no podrá saltar y salir de la vivienda para cumplir su misión. También pueden estar en la dirección Sheng Chi de cada uno o en forma más general, al Sudeste.
Recopiló: Eduardo Leira.
Etiquetas:
relatos y leyendas,
REVISTA Nº 11.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






